
¿Se puede enseñar a componer? Francamente, no creo. Creo en enseñar a recorrer un camino. Una clase de composición es un trabajo mutuo, no solo se pone en juego comprender consignas , elegir y adquirir herramientas sino también se enseña a tener una mirada distanciada de lo que uno está trabajando, así como el artista plástico se retira unos metros de la pintura, o el escritor de la hoja garabateada, para ver el conjunto, y decidir cómo seguir. El docente de composición nos muestra desde afuera el proceso, nos interroga acerca de qué hacer con el material que estamos creando, qué orden comenzamos a establecer, hacia qué mundo pide ir.
A lo largo de mi carrera me dieron muchas recetas de cómo desplegar el movimiento en el espacio, en el tiempo, en la energía, acumulando, sustrayendo, llenando o vaciando, de mínimo a máximo, y en ese ir y venir descubro que el riesgo es que los docentes pensemos que la composición no es más que un repertorio de ejercicios que se combinan de una u otra manera para producir obras… Prefiero relacionar la composición con modos de vida: uno puede vivir una vida en mínimo, haciendo obras en mínimo, o puede hacer una vida en relación al tiempo y la energía… Lo que digo es que en cada ejercicio hay una vida latiendo, un mundo a descubrir, que plantea miles de preguntas. El docente de composición viene a entrenar ese lugar más que a dar recetas.
Creo que es un problema a resolver el hecho de que algunos docentes (en todas las ramas y materias) enseñan lo que no han vivido. La pregunta directa sería: ¿cómo enseña a crear alguien que no crea? ¿cómo puede acompañar esa experiencia si justamente no lo ha experimentado en varias oportunidades? Entonces, formar un alumno que piensa la composición en base a fórmulas y repeticiones es de alguna manera no haberlo entrenado para la lucha que conlleva toda creación o como dice Paul Auster: Librar batalla para entrar en el corazón de las cosas.